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domingo, 24 de junio de 2007

El cangrejo de Costco otra vez.


El telefono llama a las 8 y media de la mañana levantádome malhumorado despues de una noche de mucho calor y mucha mas humedad, que vuelve el calor mas sofocante. Me veo al espejo y mi pelo sin cortar me da el aspecto de haber sobrevivido un ataque aéreo.

-Que onda Efren – me grita mi amigo Salvador Gil- ¿ya estás despierto...?
-Si Chava, que pasa –le contesto pasándome la mano por la cara para ahuyentar el sueño.
- Oye pues que están cruzando los cangrejos por la carretera. ¿Te acuerdas? ¡La migración de los cangrejos!
Favor de checar fotos>>>> http://www.flickr.com/photos/9340838@N03/sets/72157600501286684

Cuarenta minutos mas tarde me presentaba en el lugar de los hechos. Estacioné el carro en la entrada al Pierre Marquéz y me regresé un poco a buscar a los bichitos. Y ahí estaban, cruzando inútilmente, neciamente, sin sentido, la carretera que con decenas de carros por minuto los apachurraban sin piedad dando al pavimento caliente el aroma de una paella a medio cocinar.

Buscando un poco más allá me di cuenta de su tragedia. La profunda zanja en la que entierran los tubos para desaguar esta zona facilmente inundable –por estar en zona de humedales- les cierra el paso y se convierte en una trampa mortal para ellos. Miles de cangrejitos circulan a lo largo de la zanja buscando la salida que los lleve a las zonas de humedad que necesitan para completar su ciclo reproductivo, pero las paredes de material flojo no les permite caminar y salir a la carretera. Quedan entonces como relleno de los tubos y las máquinas que trabajan en la zanja los sepultan bajo toneladas de tierra haciendo imposible su salida.

Los pocos que alcanzan a subir tienen que enfrentar la siguiente prueba: los centenares de carros de circulan a todas horas. No pasa un segundo completo sin que pase uno por ahí, y la velocidad de caminata de los cangrejitos es insuficiente. Poco a poco una alfombra de quitina y carbonato de calcio engrosa el pavimento con la mas reciente “selección natural” que no les dejó ir mas allá.

La mínima parte que llegó a cruzar el primer segmento de pavimento se enfrenta con una barrera infranqueable: el camellón central del Boulevard de las Naciones, de tan solo 15 cm de alto. Tan poco para nosotros y para ellos tan alto. Tratan de subir, desgastando lo último que les queda de energía del cruce aslfaltado y poco a poco su vitalidad los comienza a abandonar. El asfalto recalentado por el sol de junio les roba rápidamente humedad a sus cuerpos y mina sus desplazamientos quedando en poco tiempo solo montoncitos calcinados de cuerpos que minutos antes rebosaban de vida e impulso reproductivo.

Con el paso de las horas miles de cangrejos son arrollados, desecados, eliminados del sistema ecológico local. Y el asunto resulta peor de lo que se ve, pues al parecer todos los ejemplares que intentan cruzar son hembras portadoras de huevos. Volteando varias de ellas es posible ver miles de huevecillos cobijados por su caparazón modificado para formar una especie de bolsita portadora de las nueva generación de cangrejitos. La contabilidad del evento de cruce fallido es de una dimension abrumadora: miles de cangrejos multiplicados por otros miles, da como resultado millones. Millones de pequeños animalitos que ya no llegaron a competir siquiera al medio natural.

No es de extrañar entonces tener como resultado un desequilibrio tan notable en el ecosistema de manglar local y de las pesquerias que éste sostiene. Estos insignificantes cangrejitos que desde nuestra vision urbana son si acaso una curiosidad de fin de semana o en el mejor de los casos solo apestan con olor de marisco un tramo de carretera hacia el aeropuerto probablemente tengan un papel importante en la captación y transferencia de energía de un sistema altamente productivo a uno que no lo es tanto, concepto muchas veces difícil de imaginar. Son pocas en verdad las oportundidades de ver que esto pase con ayuda de unas minúsculas patitas que apenas rozan el pavimento de una carretera.

Al no llegar a su sito de reproducción, ya sea el manglar o el medio marino inmediato, miles de pequeños crustáceos dejan de sostener a su vez a las especies animales que con ansia las esperan para alimentarse de ellas. Cuando fallan a su cita el resultado es la muerte segura –o migración- de un eslabón de la cadena alimenticia, que a su vez alimenta a otro y éste a otro. Desapareciendo los cimientos, desaparecen los “edificios” resultantes: pargos, sierras, jureles, barriletes,almejas,ostiones,callos de hacha y un largo etcétera. Y a continuación la inquietud social porque la pesca “se acaba” y no se sabe por qué.

Es de rigor comentar también la parte turística. Una lectora de Colombia me comenta que en su país hay una isla en donde cuando ocurren estas migraciones masivas se prohibe el paso a los autos y el sitio entero se convierte en un atractivo ecoturístico que genera empleos, ingresos, desarrollo y también un largo etcétera. Y lo han logrado tan sólo cerrando el paso a los autos.

¿Queremos rescatar un atractivo turìstico novedoso, de esos de los que anda necesitado Acapulco? Bien, hagamos un cruce seguro bajo la carretera para estos cangrejos en una franja bien determinada –entre la tienda Costco y el Centro Comercial Las Palmas- y facilitémosle a los cangrejos el paso hacia el canal que conecta la Laguna Negra con desembocadura de Playa Revolcadero y que se promocione por las paginas de internet y los sitios de turismo que hablen de Acapulco.

Con eso cumplimos con la vocación y orientación económica máxima de nuestro estado: el turismo. Y luego sentémonos a esperar las que de seguro serán mejores temporadas de captura pesquera en la zona frente a Playa Revolcadero y Puerto Marquez, con la seguridad de que de esa forma ha de ser.

La semilla entonces ya se habrá sembrado.

domingo, 3 de junio de 2007

Caminata en La Roqueta


Un amigo se acercó al muelle de Caleta con su lancha y le pedí me pasara a la Isla de la Roqueta. Decidí dar una caminata por un lugar que hace mucho tiempo no visitaba, el corazón de la península de Las Playas.
Bajando cerca del nuevo muelle me di cuenta de que hay un tramo hecho con bolsacreto. Espero no interrumpa la deriva litoral y provoque azolvamiento a corto plazo. De ahí busco los antiguos caminos de acceso hacia el centro de la isla y comienzo el ascenso.

Me encontré con una mapa guarecido por una casita con varios puntos en los que el visitante puede descansar o guiar su recorrido. Los nombres, muy apropiados: Plaza Mangos, Plazoleta Tiburón, Plazoleta Jurel. Me llaman la atencion las que tienen nombre de peces, pues incluyen al bagre, un pez que no es marino ni común en el mar. Me hace pensar que el listado de peces fue producto de un viaje de alguien que no sabe de mar a la sección de mariscos de la Comercial Mexicana.

Me enfilé hacia el faro. Parece mentira. A mis cuarenta y cinco años de edad nunca lo he visitado; es tiempo de ir a verlo. La subida no es muy empinada, pero definitivamente si hizo impacto en mi cuerpo no acostumbrado a este ejercicio. En algunos lugares se ven rampas nuevas, quizá construídas por la malhadada empresa que quiso trabajar los deportes extremos y quizá “algo” mas. Encuentro un letrero que anuncia un resguardo naval y otro muy gracioso que invita al excursionista: “No se detenga…visite el faro”. Un aburrido marino me recibe y me dice que puedo pasar a disfrutar de la vista, la cual es por supuesto espectacular. El faro es pequeño, con muy buen mantenimiento y con una luminaria que tiene aspecto de ser muy antigua, pero que aun así noche con noche lanza su deslumbrante haz de 26 millas de alcance.

Me propongo conectarme más directamente con la naturaleza y para esto me descalzo y camino sobre las hojarasca seca y el camino desgastado por la lluvia. Sigo el recorrido hacia los miradores que se encuentran en la parte trasera de la isla. Es fácil llegar a si se camina con energía. Me detengo en uno de ellos y admiro el paisaje. El sol cae como un chorro continuo sobre la espalda y la cabeza y resulta pesado tolerarlo hasta que poco a poco calcina cualquier resto de sedentarismo y delicadeza citadina.

Me subo a unas rocas que cuelgan peligrosamente sobre un despeñadero y desde ahí me siento parte del paisaje. Una partícula más de sal que empuja la brisa marina hacia la costa. Un obstáculo más que sombrea la tierra sobre la que está parado. Unos ojos más que beben el azul del mar mientras se ve invadido por recuerdos. Visito varios miradores más, cada uno compitiendo con el anterior en espectacularidad y paisaje. Cada uno desgastando más mi ánimo de explorador venido a menos. Pero llega un momento en que el deseo de ver lo que hay mas allá rebasa lo que el cuerpo cree resistir.

Sigo caminando y me admiro de las bellísimas paredes inclinadas de granito con que me encuentro. Es un mosaico de colores pardos y texturas granulosas que fascinan a la vista que inútilmente trata de encontrar un patrón reconocible. Camino hasta a ellas. En este sitio sube con fuerza el aroma del mar. Sal de mar, combinada con mariscos y una brisa fina que sazona y realza todo. El sol se ha movido un par de grados en el horizonte pero no ha cejado en su intento de aplastarme con sus rayos contra el suelo. Me escondo de él bajo el follaje reseco de la temporada de estío de la isla y me siento en una roca fresca para recuperar el aliento.

Vienen a mí imagenes de mas de veinte años de edad, cuando desde mi escondite alcanzo a visualizar la Piedra de la Cagada, lugar a donde tantas veces fui a bucear. Se alcanza a distinguir la fuerte corriente marina que la caracteriza, río que cruzábamos y en el que me sumergía para arponear los grandes pargos y jureles que abundaban en el área. Precisamente en el lugar que veo frente a mi capturé un pez gallo que estubo a punto de ahogarme pues su nado tan potente no me dejaba arrimar a la varilla para controlar su lucha. Recordé como al llegar a la superficie grandes motas negras invadían mi visión mientras recuperaba el aliento después de haber luchado durante más de dos minutos bajo el agua con la bella saeta plateada.

No tuve la precaución de llevar agua para tomar asi que la sed para entonces se ha instalado como tirana de los pensamientos y mi mente regresa a su fase más primitiva queriendo recordar alguna fuente de agua dulce de la isla para abrevar en ella. Me muevo hacia la parte baja que desemboca en la playa de Las Palmitas y la sombra de la isla disminuye un poco la exigencia de agua del cuerpo, pero no desaparece por completo. De este lado los olores naturales de la isla se ven subrayados por la humedad del ambiente. El olor dulzón de la tierra negra y las hojas en descomposición, el aroma seco de la corteza de los árboles, la omnipresente sal del oceáno.

Un chug-chug ordinario proveniente de la planta de energía eléctrica del restauante Palao comienza por matar el hechizo del silencio de la isla y me prepara poco a poco para regresar a la civilización. Paso frente al muelle y me alcanza el sonido fuerte de música que anima a los turistas al mismo tiempo que me desanima a mi. Llego a la playa y hay un río de visitantes que desembarcan para llenar de parches multicolores la arena dorada y las aguas bajas con mínimo oleaje. ¿Sabrán de las maravillas que estan a sólo unos minutos de caminata desde el muelle? ¿Sabrán del sabor fuerte a soledad que esta a solo un poco de cansancio de distancia? Mejor que no lo sepan. Así lo reservamos para nosotros para descansar de nosostros.
Camine por La Roqueta: http://www.guiainmobiliaria.com.mx